Una vez, hace años, yo viví este acto de cerca, muy de cerca. La calle es estrecha, y cuando el palio se pone de frente a la puerta del convento, tras él, apenas queda espacio para una fila de personas, ahí, junto a mi amigo Dani, estaba yo.
Lloraba la gente, lloraban y cantaban los costaleros, yo tocaba el manto de la Macarena...entonces me sentí privilegiado,
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